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La cultura del sonido: una necesidad social

a. En la actualidad, ¿cuál es el manejo más generalizado que se hace del sonido, del sonido-ruido y del sonido-rumor?1

b. ¿Cuál es la cultura musical que puede considerarse representativa de las identidades de la sociedad mexicana?

c. ¿Cuál es la educación musical que actualmente se realiza en las escuelas?, ¿qué podemos hacer para fortalecerla práctica y conceptualmente?

Ramón Mier

Ahora que Correo del Maestro concluye la edición de las cuatro Canciones Mexicanas para Niños de Manuel M. Ponce, se abre un abanico de cuestiones relacionadas con el sonido que nos conducen directamente al campo de la cultura musical, y por ende de la educación musical que se realiza en México, temática que puede expresarse en tres preguntas que me parecen centrales y que intentaré plantear.

a. En la actualidad, ¿cuál es el manejo más generalizado que se hace del sonido, del sonido-ruido y del sonido-rumor?1

b. ¿Cuál es la cultura musical que puede considerarse representativa de las identidades de la sociedad mexicana?

c. ¿Cuál es la educación musical que actualmente se realiza en las escuelas de educación básica?, ¿qué podemos hacer para fortalecerla práctica y conceptualmente?

La primera pregunta encierra una particular importancia porque, en principio, no se refiere a género musical alguno, tan sólo comprende el manejo del sonido, del ruido, o bien del rumor sonoro que se hace evidente a través de una de sus cualidades más inmediatas: su intensidad, esto es, el decibelaje2 con el que nos llegan estas manifestaciones. Más aún, hay que partir del punto de vista de que el proceso auditivo forma parte de la esfera vital del individuo y que actualmente, en forma indiscriminada, se abusa de él en todo momento. Por otro lado, ni en México ni en otros muchos países existe una normativa o una reglamentación oficial al menos mínimamente difundida y practicada, mediante la cual, y con procedimientos de medición objetivos y accesibles, se pueda demostrar el exceso de energía sonora en el espacio de la vida cotidiana. Baste para ello pensar en las frecuentes fiestas populares y reuniones, en los bailes y discotecas, en las que somos sometidos a los bafles de alta potencia que hacen imposible sostener la más mínima conversación y que, además, después nos dejan aún ensordecidos durante un buen rato. Situaciones para nada inofensivas, ya que poco a poco lesionan irreversiblemente el oído y la mente de la gente, razón por la cual requieren que tomemos conciencia de que esta forma de energía debe considerarse como una de las grandes manifestaciones que contaminan el medio ambiente en el que vivimos.

En buena parte, la presente situación se explica por el desarrollo técnico de la electroacústica con el que se ha logrado una producción de sonido con una potencia teóricamente ilimitada que queda en manos de los ingenieros de sonido o, en el peor de los casos, de aficionados. Si bien los aparatos productores y reproductores de sonido están dotados, hoy en día, con este tipo de posibilidades, a esto debemos añadir la inconciencia y directamente el escaso conocimiento que prevalece respecto a la neurofisiología del oído humano. En palabras llanas, de manera general podemos afirmar que lo que no se toma en cuenta es la relación que debe existir entre la energía emitida por los instrumentos electroacústicos y los espacios que se desea sonorizar.

En nuestra cotidianeidad todos sufrimos el hecho de encontrarnos inmersos en enormes cantidades de energía sonora: en la calle aparecen motores, alarmas, bocinas de autos y camiones, motocicletas altamente revolucionadas, patrullas y ambulancias, comerciantes que anuncian sus productos desde camionetas equipadas con altoparlantes; en los mercados populares están los comerciantes que venden casetes con música diversa y tratan de atraer a sus clientes elevando al máximo la intensidad de sus megáfonos; en las peseras y camionetas de ruta entramos de lleno en ambientes pésimamente sonorizados; en las ferias, donde además se mezclan simultáneamente tres o cuatro fuentes emisoras de sonido, cada cual con un contenido “musical” diverso; en gimnasios y albercas se dan situaciones similares.

Aun en los patios de recreo de las mismas escuelas aparece este aspecto, con frecuencia altamente descuidado; en el teatro profesional para adultos y para niños; en salas cinematográficas, pasando por alto aquellos efectos especiales que, como los volcánicos y catastróficos, pudieran tener, eventualmente, alguna justificación.

La lista de momentos y circunstancias lesionantes para nuestros oídos puede alargarse interminablemente, pues cada uno de nosotros puede recordar situaciones que señalan la urgencia de empezar a tomar en cuenta algunas medidas que con el tiempo pudieran cambiar las cosas. En síntesis me refiero a la necesidad de:

a. Desarrollar la conciencia de que el sonido distribuido en forma voluminosa e indiscriminada, con abuso de decibelaje, o bien, de prolongados estados de rumores citadinos, sonidos descontrolados etc., son fuente de contaminación ambiental que lesiona el sistema auditivo y da origen a afecciones psicosomáticas que se producen en el interior de nuestro cerebro y sistema nervioso, que terminan por manifestarse en los individuos como disturbios de tipo neurovegetativo como: la hipertensión, el estrés, la taquicardia; también, como disturbios de la digestión, de la sexualidad y otros.

b. Crear una nueva cultura del sonido que utilice la energía sonora para los innumerables fines en los que ya se ocupa, propios de la época moderna, sin que por ello se lesione, como sucede en la actualidad, nuestro ambiente vital; es decir, nuestra sensibilidad auditiva.

Consecuentemente, de aquí se desprende la exigencia de:

c. Desarrollar la normatividad pertinente para regular el uso adecuado del sonido y, asimismo, controlar los excesos de ruido y rumores ambientales que son producidos por la actividad de la sociedad.

Para concluir, podemos señalar que este conjunto de sugerencias toca de lleno el problema de la educación y de la cultura musical.

Notas

1. Por sonido me refiero a la vibración de un cuerpo que, transmitida por el aire, es capaz de impresionar el oído; por ruido, a la mezcla inarmónica de sonidos de cualquier naturaleza; por rumor, al ruido confuso de voces, o ruido sordo de cualquier otra clase.
2. Por decibelio me refiero a la unidad práctica de medida de intensidad de la energía son
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